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Las calles de Molina se llenaron de color, risas y magia desde tempranas horas de este 31 de octubre. Aunque el pronóstico del tiempo auguraba precipitaciones y generó que muchos decidieran adelantar su salida ante el temor de una tormenta, la lluvia dio tregua durante toda la jornada; con un cielo que solo ha regalado nubes, la adversidad del clima no logró opacar la esperada celebración.

Lejos de ser un impedimento, la amenaza climática pareció darle un impulso a la comunidad. Las familias salieron masivamente a las calles, convirtiendo la jornada en una verdadera fiesta ciudadana. Niños y niñas, acompañados de sus padres, recorrieron los barrios luciendo disfraces sumamente creativos y elaborados.

Una celebración que une culturas en la población Diego Portales

Uno de los aspectos más hermosos y destacados de esta jornada en Molina —especialmente en la población Diego Portales— fue la alta participación y el espíritu de integración. Un gran porcentaje de niños de origen boliviano, junto a sus familias, celebraron por primera vez esta festividad en nuestro país.

La acogida de la comunidad fue excepcional. Los pequeños recibieron una gran cantidad de dulces y compartieron momentos entrañables. El entusiasmo no fue exclusivo de los más pequeños: varios padres decidieron sumarse a la diversión con producidas performances y disfraces muy logrados, convirtiéndose en el centro de atención y en protagonistas de múltiples fotografías familiares y vecinales.

El renacer de una tradición vecinal

Para Néstor Briones, vecino y expresidente de la Junta de Vecinos de la población Diego Portales, la jornada tuvo además un significado especial. Briones recordó que esta festividad siempre fue una tradición del sector, aunque durante mucho tiempo se dejó de realizar.

«Se retomó tímidamente y se notó que había mucha participación; la gente quiere pasarlo bien y disfrutar», destacó el exdirigente vecinal. Dando el ejemplo, Néstor junto a sus familiares transformaron su vivienda decorándola con fantasmas y montando una completa «casa del terror», iniciativa que deleitó a los vecinos y sumó entusiasmo al retorno de esta costumbre barrial.

Así, entre trajes terroríficos, casas ambientadas, sonrisas y una cálida bienvenida a quienes celebran esta tradición por primera vez en tierras molinenses, Halloween demostró ser mucho más que pedir dulces: se convirtió en una hermosa postal de comunidad, resiliencia ante el clima y reencuentro de la vida de barrio.